El eterno juego de la representación como tensión irresuelta.
La obra se sitúa precisamente en ese vaivén: no muestra un paisaje, sino el mecanismo que lo construye. La masa negra actúa como negación de la imagen —un gesto de clausura— mientras que la zona dibujada insiste en la ilusión de lo visible, en la promesa de lectura. Entre ambas no hay continuidad, sino un corte que delata el artificio.
Representar aquí no es reproducir, sino decidir qué se vuelve opaco y qué permanece legible. El paisaje se revela entonces como convención, como campo de disputa entre presencia y ausencia, entre lo que se ofrece a la mirada y lo que se sustrae deliberadamente. Incluso el fragmento aislado parece un residuo de ese juego: una representación que ya no encuentra su lugar, desplazada del sistema que la hacía comprensible.
Más que resolver el conflicto, la obra lo mantiene abierto: la representación como un ejercicio perpetuo de aproximación y fracaso.
