S/t
Esta obra en particular se estructura como una composición de tensión latente. Una mano rígida, inerte, aparece suspendida dentro de una arquitectura precaria de maderas desgastadas. Su gesto, ambiguo entre el saludo, la súplica y la advertencia, se ve atravesado —literal y simbólicamente— por una navaja negra que divide la composición como una herida suspendida en el tiempo. El filo no corta, pero amenaza. No actúa, pero su presencia basta para alterar la lectura del conjunto.
La navaja, como objeto cotidiano asociado al trabajo, la defensa o la violencia, se convierte aquí en un símbolo que desborda su funcionalidad. Su inclusión activa una lectura sobre el conflicto: el conflicto interno, social, estructural. La obra interpela al cuerpo —ese cuerpo que no aparece completo, pero cuya presencia se sugiere en lo fragmentado— y plantea preguntas incómodas sobre el límite entre protección y amenaza, entre decisión y parálisis, entre contención y estallido.
El lenguaje matérico es esencial: maderas corroídas, superficies agrietadas, restos de pintura, clavos visibles. Nada se oculta, todo habla de desgaste, de historia, de tiempo detenido. Esta poética de lo residual sitúa la obra dentro de una tradición que dialoga con el arte povera y el assemblage, pero también con una sensibilidad contemporánea que desconfía de la pureza formal y apuesta por la carga simbólica de la materia.
En lugar de ofrecernos una imagen cerrada, la obra actúa como un dispositivo abierto: nos sitúa ante una escena que no narra, pero sugiere; que no explica, pero evoca. Invita al espectador a construir sentido desde el vacío, desde el hueco, desde el peligro contenido. Y en ese vacío habita precisamente su fuerza: en lo que calla, en lo que contiene, en lo que podría
suceder.
Paisaje
En este paisaje no hay árboles ni cielo, ni horizonte que se pierda en la distancia. Este paisaje se construye desde la materia áspera, desde la tensión de los elementos que no buscan complacer. A la izquierda, un bloque de cemento denso, con texturas que evocan tierra removida, huellas, quizás memoria mineral. A la derecha, un enjambre de varillas metálicas se desborda violentamente sobre un fondo azul que parece contener un abismo. El marco de madera rústica no encierra, más bien enmarca un conflicto: el choque entre lo orgánico y lo industrial, entre lo contenido y lo que se expande.
Este paisaje es una herida, una frontera, un espacio de fricción. No hay armonía, pero sí fuerza. No hay belleza convencional, pero sí verdad. Nos invita a mirar la geografía de lo quebrado, de lo no resuelto. Y en ese gesto, tal vez, encontramos el reflejo de nuestros propios territorios internos.
El jardín - 30x30x10cm. - técnica mixta, collage, cartón, madera, clavos y cera
El jardín se presenta aquí como un acto de resistencia y de archivo: un jardín que ya no crece, pero que insiste en hablarnos desde sus ruinas visuales. El espectador queda frente a un collage que, más que ofrecer un lugar de descanso, interpela desde la tensión: entre belleza y violencia, entre lo natural y lo intervenido, entre el recuerdo y la pérdida.
Disrupción - 24x24x10cm. - técnica mixta, estampa, madera y metal
Collage - 15x20cm.
No busco una narrativa clara. Este collage no la ofrece. Y en ese vacío encuentro sentido: la historia, la política, los medios, la memoria… todo está hecho de fragmentos. Nos venden relatos cerrados, pero en el fondo todo es así: parcial, distorsionado, cortado con tijera. Esta obra me recuerda que mirar también es elegir qué ver y qué ignorar, y que muchas veces lo que se oculta es lo más importante.


















































