Palestina - 25x25x6cm.- técnica mixta, madera, cartón y clavos



 The silhouettes, with their classical cut, are not mere profiles; they embody a Europe gazing at itself through its ancient forms, proud of its cultural heritage, yet unable —or unwilling— to turn its head toward the tragedy unfolding at its doorstep.

The imagined marble of these faces, with its timeless aesthetic, stands in stark contrast to the brutality within: nails, splinters, a swarm of violence.


The central box becomes an uncomfortable showcase, a display case where barbarity is laid bare, while the figures framing it remain motionless, almost ornamental.

It is the metaphor of a Europe laden with history, yes, but also heavy with complicit silences; a civilization that has made heritage and memory its banner, while ignoring —or justifying— the systematic destruction of a people.


Here, “Palestine” is not merely a territory: it is an uncomfortable mirror reflecting the moral fracture of a continent that, despite knowing the weight of genocide in its own history, chooses to look away.


Las siluetas, de corte clásico, no son simples perfiles; son la encarnación de una Europa que se mira a sí misma en sus formas antiguas, orgullosa de su herencia cultural, pero incapaz —o reacia— a girar la cabeza hacia la tragedia que ocurre frente a sus puertas.

El mármol imaginario de esos rostros, con su estética atemporal, contrasta con la crudeza del interior: clavos, astillas, un enjambre de violencia.


La caja central se convierte en un escaparate incómodo, una vitrina donde la barbarie se expone a plena vista, mientras las figuras que la enmarcan permanecen inmóviles, casi decorativas.

Es la metáfora de una Europa cargada de historia, sí, pero también cargada de silencios cómplices; una civilización que ha hecho del patrimonio y de la memoria un estandarte, mientras ignora —o justifica— la destrucción sistemática de un pueblo.


Aquí, “Palestina” no es solo un territorio: es un espejo incómodo donde se refleja la fractura moral de un continente que, pese a conocer el peso del genocidio en su propia historia, decide apartar la mirada.

 

S/t







 En el trabajo de este artista, los objetos se resisten a permanecer en silencio. Cada fragmento —madera, metal, imagen, herramienta— conserva la memoria de un uso anterior y al mismo tiempo se carga de nuevos significados al ser ensamblado en un contexto escultórico que rehúye la neutralidad.


Esta obra en particular se estructura como una composición de tensión latente. Una mano rígida, inerte, aparece suspendida dentro de una arquitectura precaria de maderas desgastadas. Su gesto, ambiguo entre el saludo, la súplica y la advertencia, se ve atravesado —literal y simbólicamente— por una navaja negra que divide la composición como una herida suspendida en el tiempo. El filo no corta, pero amenaza. No actúa, pero su presencia basta para alterar la lectura del conjunto.


La navaja, como objeto cotidiano asociado al trabajo, la defensa o la violencia, se convierte aquí en un símbolo que desborda su funcionalidad. Su inclusión activa una lectura sobre el conflicto: el conflicto interno, social, estructural. La obra interpela al cuerpo —ese cuerpo que no aparece completo, pero cuya presencia se sugiere en lo fragmentado— y plantea preguntas incómodas sobre el límite entre protección y amenaza, entre decisión y parálisis, entre contención y estallido.


El lenguaje matérico es esencial: maderas corroídas, superficies agrietadas, restos de pintura, clavos visibles. Nada se oculta, todo habla de desgaste, de historia, de tiempo detenido. Esta poética de lo residual sitúa la obra dentro de una tradición que dialoga con el arte povera y el assemblage, pero también con una sensibilidad contemporánea que desconfía de la pureza formal y apuesta por la carga simbólica de la materia.


En lugar de ofrecernos una imagen cerrada, la obra actúa como un dispositivo abierto: nos sitúa ante una escena que no narra, pero sugiere; que no explica, pero evoca. Invita al espectador a construir sentido desde el vacío, desde el hueco, desde el peligro contenido. Y en ese vacío habita precisamente su fuerza: en lo que calla, en lo que contiene, en lo que podría 

suceder.

Paisaje



 


En este paisaje no hay árboles ni cielo, ni horizonte que se pierda en la distancia. Este paisaje se construye desde la materia áspera, desde la tensión de los elementos que no buscan complacer. A la izquierda, un bloque de cemento denso, con texturas que evocan tierra removida, huellas, quizás memoria mineral. A la derecha, un enjambre de varillas metálicas se desborda violentamente sobre un fondo azul que parece contener un abismo. El marco de madera rústica no encierra, más bien enmarca un conflicto: el choque entre lo orgánico y lo industrial, entre lo contenido y lo que se expande.


Este paisaje es una herida, una frontera, un espacio de fricción. No hay armonía, pero sí fuerza. No hay belleza convencional, pero sí verdad. Nos invita a mirar la geografía de lo quebrado, de lo no resuelto. Y en ese gesto, tal vez, encontramos el reflejo de nuestros propios territorios internos.


Disrupción - 24x24x10cm. - técnica mixta, estampa, madera y metal




 La historia no se cuenta; se retuerce. Enmarcada en un marco de madera cuarteado —casi barroco, casi reliquia—, se presenta una imagen recortada y estremecedora: los pies de una niña ensangrentada tras un atentado . La fotografía, en blanco y negro, aparece fragmentada, incompleta, suspendida en el tiempo, como si el horror no pudiera —o no debiera— mostrarse del todo.
Lo que irrumpe en ese silencio fotográfico es una cuchara, metálica y deformada, que atraviesa la imagen como una herida tridimensional. No se trata de un simple objeto añadido, sino de un gesto simbólico cargado de resonancia: la cuchara, símbolo por excelencia del cuidado, de la infancia, de la nutrición, aparece aquí retorcida, violentada, inútil. Es lo cotidiano convertido en testimonio del trauma.
Esa cuchara torpe y encorvada se clava en el centro de la escena, impidiendo cualquier lectura neutral. Actúa como un cuerpo extraño que, lejos de complementar la imagen, la interroga, la desborda. ¿Cómo se digiere una escena así? ¿Cómo se incorpora, se traga, se asimila esa violencia en el relato colectivo?
El marco dorado, con su pretensión de conservar y embellecer, se convierte en una ironía amarga. Porque nada aquí puede ser embellecido. Porque incluso lo que se enmarca sigue doliendo. La imagen es pequeña, contenida, pero su carga es inmensa: no muestra sangre explícita, pero la cuchara —azulada, amoratada, como si hubiese absorbido el golpe— nos la recuerda.
Esta obra no es conmemorativa ni documental. Es una cápsula emocional, una trampa para la memoria, una miniatura donde lo doméstico se vuelve insoportable. En tiempos donde lo histórico se disputa desde la imagen, esta pieza nos obliga a mirar lo que no queremos ver: lo que se retuerce, lo que no se cura, lo que no se digiere.




 

Collage - 15x20cm.


 No busco una narrativa clara. Este collage no la ofrece. Y en ese vacío encuentro sentido: la historia, la política, los medios, la memoria… todo está hecho de fragmentos. Nos venden relatos cerrados, pero en el fondo todo es así: parcial, distorsionado, cortado con tijera. Esta obra me recuerda que mirar también es elegir qué ver y qué ignorar, y que muchas veces lo que se oculta es lo más importante.